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Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 1 de agosto de 2017

Autopsia de un depravado


Autopsia de un depravado:

–Caballeros –dijo el viejo profesor contemplando la mañana a través de la ventana desde aquél tercer piso: un marco de piedra y hiedra–, tengan a bien acompañar a las mujeres fuera de la sala –alzó la cabeza y fijó la vista en una de las pocas que asistían a la universidad, sintiéndose particularmente generoso–. Tanto esta institución como sus estudiantes se rigen por un estricto código moral, señorita Burrows, de otro modo el prestigio que merecemos se desvanecería en una suerte de anarquía, le exijo que no nos ponga en ridículo con sus diatribas y pretensiones descabelladas –dijo quitándole importancia con un gesto–. Nos hallamos ante el cadáver de un criminal y en modo alguno van ustedes a presenciar la autopsia del mismo, sería del todo inapropiado. El hecho de que tenga que explicarme sólo es una muestra de su pertinaz estupidez femenina. Como puede comprobar, el resto de mujeres, que comprenden mejor que usted su disipada naturaleza, ya están esperando fuera –efectivamente por la puerta salía la última estudiante, aparte de aquella rebelde que osaba permanecer en aquel cuarto de autopsias.
–¡Pero…! –comenzó a quejarse ella.
–Señorita, Burrows –le interrumpió el profesor en tono autoritario–, guárdese sus discursos incendiarios para otra ocasión y tal vez sea lo suficientemente magnánimo como para permitirle a alguno de los caballeros aquí presentes que compartan sus notas con ustedes.
Uno de los estudiantes se acercó con amabilidad a la señorita Burrows, la tomó del brazo y la sacó de la habitación.
–Las mujeres atractivas al menos tienen la decencia de saber que no tienen nada que decir –comentó el profesor con naturalidad, la mayoría de estudiantes se rieron–. Pero no les demos mayor pábulo a esas consideraciones y pasemos a nuestro cadáver de hoy, el cual, como homosexual, también se creía mujer en vida. El señor Gregors realizará la autopsia del cadáver para todos ustedes y ustedes podrán, naturalmente, hacer las precisiones, aportaciones o estimaciones que crean oportuno. Me gustaría recordarles que este hombre era un criminal, puesto que era un invertido y, por tanto, violador. No duden en confirmar los delitos perpetrados por este sujeto, si desean profundizar en la deplorable enfermedad que le aquejaba: la policía nos ha proporcionado su historial delictivo.
–Profesor –intervino uno de los hombres en la sala, sacando unos papeles para escribir sobre una mesa–, quería saber si podía saciar la curiosidad de este estudiante y responder la siguiente cuestión: ¿a qué se debe –la estilográfica bailando entre sus dedos– que tamaño despojo busque el perjuicio de los demás, por qué arruinar la vida de lo que para él no son sino desconocidos?
–Un salvaje de tal calaña sólo tiene esa posibilidad, no piense usted, caballero, que esta pérfida criatura puede elegir entre el bien y el mal –dijo con el dedo índice danzando en medio de su aire satisfecho– ni le confunda con un ser humano sólo por parecerlo físicamente: la moral le es totalmente ajena, pecaríamos de ingenuidad si creyéramos que hay en ese cuerpo alma alguna que salvar. Cuídese usted de tales preguntas, señor Fitzgerald, y no crea que un criminal iba a tener la deferencia de concederle a usted ninguna cualidad humana únicamente porque usted es capaz de proporcionárselas al malhechor, eso no es ahondar en el conocimiento, sino navegar a la deriva en las oscuras aguas de la ignorancia. Permítame ilustrarle con esta simple analogía: caería usted en el mismo error si pensara que un tigre no le va a devorar sólo porque usted lo considera majestuoso y digno de ser salvado de la mano del hombre. Nuestra opinión es siempre irrelevante frente al hecho –dijo tomando un bisturí y dándoselo al señor Gregors.

El señor John Gregors y el profesor caminaban por la calle, ya al atardecer, por esa callejuela que serpenteaba junto al río. Era un buen vecindario, había un café en la esquina y no distaba del banco.
–Pero no acostumbro a recibir visitas, John –iba diciendo el profesor–, ya lo sabes, el estado de mi padre es delicado y cualquier sobresalto podría acarrearle graves consecuencias.
–¿Sigue tomándose las medicinas que le prescribí?
–Sí, sin embargo empeora.
–Me gustaría echarle un vistazo, si me lo permites, Charles –llegaron a la puerta robusta de una casa imponente como todas las de la zona.
–Por Dios, John, ¿quince años y todavía sigues pidiendo permiso?
–Charles.
–¿Sí?
–¿Puedes explicarme por qué tu padre va vestido como una mujer? –aquél anciano estaba parado en medio del pasillo, intentando anudarse el delantal.
–Porque son las siete de la tarde –repuso Charles, extrañado por la pregunta de su amigo.