¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 1 de mayo de 2017

Un cuento de hadas


A Miss y a Dami.

Un cuento de hadas:

Imaginad un tiempo antes de todos los antes, unos días en que los círculos de setas nunca nacían por casualidad y siempre refulgían en la noche, un tiempo sin tiempo en que los bosques eran sombra y hiedra entre árboles, y en que los animales salvajes eran respetados por su poder. Imaginad que el sonido de la vida y la muerte era la constante que se escondía en el piar de los pájaros o en el fluir de un riachuelo perdido en alguna remota montaña y de cuyas aguas nadie escribiría nada jamás.
Imaginad ahora que la frontera entre la magia y el mundo sólo está en los ojos que miran.
Y tomad aire…
Una flecha atravesó el cuello del zorro en su carrera.
La Gata exhaló aliviada, dejando descansar el brazo que hacía apenas un segundo había tensado la cuerda del arco, y se acercó a su presa. Sus pinturas, como una bandana oscura en los ojos, parecían moverse bajo los árboles.
–¡¿La cena?! –gritó la gran Ona, silenciando el rumor de la espesura y acercándose hacia allí–. ¡¿Ya está muerta?!
–La cena –la Gata extrajo la saeta con un movimiento firme.
–¿Y Bimba?
La Gata se encogió de hombros, Bimba estaría haciendo lo que Bimba solía hacer: nada.
No obstante, se equivocaba. Bimba, por extraño que les pareciese a ambas, estaba haciendo algo: correr hacia ellas llena de esa inexplicable felicidad que llevaba consigo a todas partes.
–¡Una imbécil…! –Bimba se tropezó con una rama y soltó una risotada–. ¡Una imbécil me ha jurado que hay una nueva recompensa por rescatar a la princesa de la torre de Hojanegra! Esto… ¿habéis sido vosotras? –quiso saber, curiosa, mientras recuperaba el aliento.
–No seas ridícula –dijo la Gata con acritud.
–¡Seguro que has sido tú! –exclamó Ona con una sonrisa desafiante–. Sólo quieres ponernos en evidencia, ¿es eso?
–No pero tampoco… –Bimba llevaba atada con correas a su antebrazo una pieza de obsidiana pulida, maleable pese a su lítica apariencia y extremadamente fina. Hizo una serie de movimientos sobre su superficie, una luz se encendió, levitando encima de aquél artilugio–. Bueno, habrá que ir para allá, ¿no? Aquí hay una puerta –dijo Bimba señalando un enorme agujero en el tronco de un árbol.

Lejos, muy lejos, en otro bosque en el que el musgo descendía por las ramas de los robles y las telas de araña eran más espesas que la niebla, había otro agujero en el tronco de un árbol.
–Sólo digo que, ¿a quién le puede gustar un sitio así? –insistía Bimba apareciendo entre la negrura–. Es decir, ¿puedes plantar un huerto o algo en un sitio como éste?
La Gata, silenciosa, caminaba con una flecha descansando sobre el arco, lista para disparar, y Ona, con su mandoble en ristre, intentaba vislumbrar lo que se escondía entre las tinieblas que dejaba tras de sí un sol incapaz de penetrar el tupido techo verde.
Al cabo dieron con su destino: una torre ominosa se alzaba por encima de las copas de los árboles.
La piedra era gris y zigzagueaba hacia lo alto, siguiendo un trazado casi espasmódico en una burla hacia cualquier ley física que se atreviera a dejarse caer por los alrededores.
–¿Ya está? –inquirió Ona decepcionada–. ¿Ya estamos aquí? ¿Nada de domesticar dragones, nada de un viaje estúpido para conseguir una brújula mágica o un mapa que algún cretino lleva cosido a una espalda aún por desollar? ¿Nada de arrebatarles su vida a putos desconocidos sin ningún motivo de peso?
–Puedes hacer el viaje largo, si lo deseas –comentó la Gata.
–¡Yo me apunto a lo de domesticar dragones! –exclamó Bimba con entusiasmo antes de aproximarse a la puerta de la torre–. Ésta vez, damas y caballeras, tenemos que ocuparnos de una cerradura mágica de alto nivel –se desabrochó las correas del brazo y con un pequeño golpe a aquel artilugio la superficie adquirió una forma perfectamente plana, y ella lo apoyó sobre el suelo a fin de tener las dos manos libres–, es como dividir cincuenta y siete mil ochocientos noventa y seis entre cuarenta y dos mil ciento veinticinco, empieza a ser medio jodido… –Bimba sonaba entretenida mientras ese trasto emitía una miríada de puntos de luz multicolor que ella iba desplazando de un lado para otro, a toda velocidad–. Hay un techo de cristal cuando llegas a los hechizos de nivel cuatro… Casi… casi ningún cerrajero podría forzar una cerradura protegida por un conjuro, que para eso están… –Bimba se detuvo un momento, pensativa–, resulta que… –y volvió a trasladar los puntos de nuevo, uno a uno, a un ritmo vertiginoso–, porque eso ya va un poco más allá del “usar ganzúa con puerta”. Pero, vamos, que llega tú a hackear un hechizo de nivel cuatro y tira para arriba…
–¿Y qué? –inquirió Ona imperiosa, sin perder la concentración al inspeccionar la zona.
–¿Y qué? –repitió Bimba a su vez, extrañada y enfrascada en sus quehaceres.
–¿Cuánto es tropecientos mil y no sé qué contra cuarenta y dos mil no sé cuántos?
–Mmm… es como… –se dio unos segundos para pensar–. ¿Uno coma tres… siete… esto… cuatro…. y más numeritos? –se aventuró con cierta timidez, agudizando la voz–. Tres… siete… no, perdón, ocho…
–Acero afilado, mente afilada –asintió Ona.
–Pasen y vean, señoras –invitó Bimba con un gesto cuando logró abrir la puerta.
–¡Fuera de mi propiedad! –unos pisos más arriba se abrió una ventana, una mujer de aspecto airado blandía su puño amenazante.
–¡Oh, bella princesa –dijo Bimba riendo y casi cantando–, dejadnos penetrar vuestro inocente vergel, pues hemos de dar muerte al malandrín que presa os ha hecho en su castillo y.. emmm… nos aguarda un reino que conquistar con esas vuestras caderas que no han conocido labios… o algo así! –e hizo una cómica reverencia–. ¡Pureza por riquezas! ¡Impureza por tierras y el corazón en la palabra que queda entre las piernas!
–¡Barra libre de despropósitos, princesa! –exclamó Ona en el mismo tono que su compañera–. ¡Os haremos un poema al que llamaremos amor! ¡Pensad que las rameras nos cobraron por lo mismo y esta hazaña no cuesta más que la minucia de vuestra libertad!
–Qué sería de la virtud si no fuera por la prostitución… –comentó la mujer de la ventana, reposando su barbilla sobre el brazo.
–Sal de la espesura, idiota –ordenó la Gata apuntando hacia la maleza.
Un idiota, pertrechado con una radiante armadura, un escudo a la altura de la situación y una espada que –a ojos de Ona– en manos de aquel tipo debía cumplir una función más bien ornamental, salió de entre los arbustos.
–¿Qué clase de brujería es ésta? –interrogó el caballero.
–Tu entrada en un cliché –bufó la Gata.
Y Haru, esa mujer que se había fingido irritada en la ventana, no acababa de desaparecer ahí arriba y ya estaba deteniéndose ante el intrépido caballero aquí abajo, dejando escapar un humo espeso por la boca.
–Has venido desde muy lejos, caballero, no deberías volver con las manos vacías –y le ofreció lo que fumaba.
El caballero, perplejo, no pudo más que preguntar:
–¿Mas dónde está el terrorífico brujo que os acecha? ¿Qué hay de la prometida recompensa? –Haru puso cara de circunstancias ante la oferta rechazada y decidió dar una calada de pura resignación.
–¿Habéis sido vosotras? –quiso saber la hechicera, dirigiéndose a las mujeres con lo que tal vez era una mirada cómplice.
La Gata liberó una carcajada silenciosa:
–Discúlpame, siento debilidad por la gente que no contrasta información: a este gentilhombre le dicen que las legumbres le curan la cirrosis y muere aplastado por una carreta de cerveza.
–¡Sólo es una mujer soltera, nuestro enlatado héroe! –intervino Ona–.  ¡Posiblemente no muerde! O sí… –fingía ahora sospecha–, hace magia, y para eso hace falta estudiar movidas. ¡Y una mujer que sabe leer es antinatural como poco! –empezó a gritar cada vez más alto, como si el autocontrol fuera algo que les ocurría a otras personas–. ¡Estoy contigo, joder, ¿la lapidamos?! ¡Claro que sí, vamos a lapidar a esta zorra!
–¡Hubiese apostado un cincuenta por ciento a que esto era cosa de la Gata! –soltó Bimba entre risas– Venga, ¿humor inteligente o humor idiota?
–Estadística –la retó la Gata.
–Buen caballero acosador –comenzó Haru a decir, solemne–, mis amigas se han aprovechado de usted –y se detuvo en ese punto por deferencia: no estaba segura de si aquello era ofensivo porque señalaba lo evidente, si era ofensivo porque existía la posibilidad de que el hidalgo no tuviera muy claro aún que había sido objeto de burla por méritos propios o si era ofensivo porque ella había pensado que existía esa posibilidad–. Hala –esta vez se giró de nuevo hacia ellas–, vamos a ir cenando que este buen hombre querrá marcharse. Y tú –esta vez miró fijamente a Bimba– deja de joderme la puta puerta.
–Pero si no te la jodo, ¿cómo ibas a superarte a ti misma? Mira que lo hago para que fuerces tus límites, con lo que yo te quiero.
–Bueno… entonces, vale –Haru les dejó pasar a su torre–, ¿y cobramos la recompensa o qué? Técnicamente ahora soy libre.