¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

martes, 1 de noviembre de 2016

Ceguera


Ceguera:

La ceguera no es la oscuridad insondable ni se trata de un continuo de color negro, eterno y opaco ante los ojos, como un velo o un telón ante una experiencia visual que no logra hacerse un hueco en la existencia.
La ceguera no es de color blanco tampoco, Saramago me perdone, no tiene nada que ver con la visión: si lo tuviera, no podría ser su negación.
Tal vez debido a eso he llegado a la conclusión de que ustedes los videntes no tienen la más remota idea de qué es la ceguera y, si les es de algún consuelo, tampoco los invidentes tenemos la imaginación suficiente como para concebir lo que la visión supone. ¿Colores, luz? Imagínense por un momento que todas esas metáforas que ustedes utilizan para referirse al conocimiento, la bondad o la obviedad sólo fueran un juego de palabras, comprensible sí, pero totalmente hermético.
Por otro lado la ceguera tampoco es el motor de este relato, es sólo un punto de partida.

Mi casa no es más que una serie de espacios que cobran forma en relación a mi cuerpo. Mis manos me descubren el mundo: experimento, por ejemplo, un tacto duro y levemente estriado y el olor a madera, el cristal que huele a polvo, la televisión contándome historias a medias. Y nada parece ser nada hasta que al otro lado de la piel adivino el contorno de cada figura, de cada esquina y cada pared. Los marcos de las puertas se deslizan bajo mis palmas y entonces asiento sabiendo dónde me encuentro. Mi casa y mi relación con ella no tienen demasiado interés, con la salvedad de que es el escenario en el que se mueve la narración de una ciega.
Le añadiremos a la historia un dramatismo circunstancial, como lo son todos: mi perro lazarillo había muerto hacía un mes y, pese a lo necesario que se me hacía, me sentía demasiado abatida como para adquirir otro. Me tildarán algunos de sensiblera –quizás hasta de estúpida– cuando la palabra sustitución me viene a la cabeza en un reproche, y no me importa: un perro es alma y familia, y no debe tomarse a la ligera. Siempre he considerado que la ausencia y el dolor de la pérdida son menos cruciales que la soledad en esta clase de testimonios incomprensibles, como les expongo un poco más adelante. Por otra parte la tristeza de mis entrañas se había extendido por la casa y mis visitas me insinuaban muy cuidadosamente que todo parecía descuidado y yo era consciente de que todo parecía viejo entre el abandono. Comprenderán ustedes que la invidencia no es óbice para entender lo que le rodea a uno.

No dejo de pensar que la tristeza nunca hubiese podido hacerlo, porque no inventaba nada para subsistir, sino que se alimentaba de sí misma, pero a la soledad le resultaba fácil difuminarse en percepciones inexplicables para llenar el vacío que engendraba. Éste es el otro punto de partida.
Y es que, un día, sin que mediara ninguna clase de acontecimiento previo, escuché tres golpes, como si un puño poderoso fuera descargado sobre una robusta puerta de madera.
No habría sido nada del otro mundo si yo hubiese tenido acaso alguna puerta de madera recia y sólida a la entrada de mi casa. Tampoco hubiese sido nada especial si aquel estrépito hubiese surgido al otro lado de alguna puerta, vibrando en los nudillos de algún visitante, y no a través de una pared del salón.
Y, por último pero no menos importante, he de confesar que era bastante llamativo que el estruendo se escuchara como si hubiera provenido del otro lado de una pared que da a la calle en un cuarto piso y sin balcón.

Sentí terror, y quizás a ustedes no les parezca para tanto en comparación con lo que acabo de narrar, pero tras lo siguiente que ocurrió entré en pánico: un escritorio que tenía en el salón, al aproximarme a la puerta de casa, se deslizó con un crujido estridente sobre el suelo y me bloqueó el paso y el acceso al manillar de la entrada principal. Y en pánico uno o se detiene o corre, pero pierde toda capacidad de orientación.
Por motivos obvios, me quedé paralizada y muerta de miedo.
Mientras tanto los segundos devoraban el tiempo.
En algún momento otros tres golpes poderosos volvieron a escucharse, esta vez desde la puerta principal, transformándose en el sudor frío de mi nuca.
Y me pareció comprender algo –o quizás era que quien llamaba había comprendido algo– y, aunque aún estaba en tensión, comencé a sentir un extraño sosiego que, pese a todo, parecía ajeno.
–Puedes pasar –dije.
Fue entonces cuando mis sentidos olvidaron cualquier vestigio de lo que podía ser verosímil o cabal, cuando cualquier referencia a aquello que me rodeaba no hubiese sido más que endogámica en su palabrería. Y fue entonces cuando empecé a escuchar sonidos que nunca podrían proceder de gargantas humanas.
El eco de gemidos perdidos resbalando por el orgasmo, palpitando como un ligero dolor de cabeza en la lengua, mientras el metal de algún otro mundo chirriaba pesado en mis oídos, a un ritmo constante.
Mi salón pareció cerrarse contra la angustia y pude notar una vibración en el aire, cercana a un zumbido roto y sin cadencia. Su fuente estaba ante mí, por alguna razón pensaba que se trataba de algo humanoide, esos temblores llegaban desde lo que suponía que sería su cabeza.
Estiré mi brazo para tocarlo.
Me detuve a medio camino.
Mis dedos se encogieron y entonces entendí que eso, fuese lo que fuese, me hablaba sin voz alguna: no había sonidos en mi cabeza, sólo ansiedad, vértigo y agonía chocando contra lo que yo pensaba que era la palabra.
Te daré visión y te haré un hijo, humana, sin dolor –me hizo saber aquello que se hallaba en mi salón.
–¿Puedo negarme a tu propuesta? –tanteé. Me sentía extrañamente tranquila, como si la presencia de aquel ser me reconfortara de alguna manera.
Sí.
–¿Cuál es el precio a pagar si acepto?
La corrupción, es más una consecuencia que una deuda.
–Entonces creo que ya te hemos hecho el trabajo: ¿estás familiarizado con el término parlamento?
Es la escritura de un libro sagrado en defensa de sus autores –pareció asentir.
–¿Existe algún lazo entre tú y yo?
Aaahhh… Sí.
–¿No crees que lo último que necesita el mundo es otra Pandora, otra Mujer que traiga el Mal?
La corrupción humana pasa por el desequilibrio.
–¿Y crees que voy a aceptar un hijo de…?
Un vástago de apariencia enteramente humana.
–¿Y crees que voy a aceptar un hijo y la visión a cambio de corromper aún más a la especie humana?
Sonreía. No puedo decir por qué lo sabía: probablemente aquella cosa no tuviera boca siquiera, pero sonreía entre los segundos y mi cuerpo.

Exacto.

sábado, 1 de octubre de 2016

La Inquisición del Tiempo

La Inquisición del Tiempo:

Aquella mañana, al despertar, alguien le apuntaba con un arma.
Y tal vez no maduró una reflexión a las alturas de la situación, quizás porque cuando madrugaba le costaba conectar con la realidad, quizás porque el whisky de ayer aún circulaba con entusiasmo por su torrente sanguíneo o quizás porque observar el cañón de una pistola a menos de dos metros no era tan estimulante como toda una variopinta saga de maleantes parecía haber considerado a lo largo de la historia. Sus reflexiones pasaron, de alguna forma, por aspectos más bien accesorios, tales como: ¿esa persona que le apuntaba había estado esperando, estoica, en una postura efectista, a que él se despertara? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Acaso no tendría el brazo agotado y entumecido? ¿Querría hielo?
Cuando una voz de mujer se liberó en el aire, más allá de la penumbra del alba, empezó él a preguntarse si era el mundo el que seguía soñando:
–He venido desde el futuro para matarte –dijo la mujer.
En este punto, y aceptando lo surrealista del asunto, se preguntó qué podía haber hecho para suscitar tal animadversión por parte de nadie o qué demonios iba él a llegar a hacer más adelante. Después volvió en sí y pensó en que a veces ocurría que algún otro estaba como una cabra. De un modo u otro, y en su opinión, eligió mal sus palabras:
–¿Puedo desayunar? –en respuesta escuchó la pistola amartillada, así que decidió tomarse unos segundos antes de replantear su oferta–. ¿Puedo explicarte por qué no puedes ir al pasado a hacer algo? Podemos desayunar mientras tanto.
–Nadie se va a mover de donde está –aseveró ella imperiosa, él, en respuesta, se reclinó con cautela–. Habla –ordenó ella.
–Si una persona viaja al pasado con el fin de hacer algo –comenzó él a exponer–, y dado que las consecuencias de la hazaña cambiarán el devenir de los acontecimientos, el motivo por el cual uno viaja en el tiempo queda anulado. Dando un ejemplo prosaico: te propones viajar para matar a Hitler, si lo asesinas, su amenaza o aquel motivo concreto por el cual lo mataste ya no existe, ¿por qué motivo viajaste al pasado entonces? La conclusión lógica es que no lo hiciste. Por ese motivo no me has matado aún. Todo esto, contando, claro, con la muy improbable posibilidad de que no estés loca… –trató de morderse la lengua demasiado tarde, pero ella seguía escuchando, de modo que él continuó hablando–. Si quieres poner fin a mi vida… En fin, no puedo decir que me guste la idea, pero me gustaría menos aún que la narrativa de mi muerte tuviera que ver con presupuestos de la ciencia ficción más barata.
–Hay épocas de la Historia que, por heréticas, deben ser erradicadas.
–Es un halago terrible –afirmó él, ella no respondió inmediatamente.
–No puedo hacer ningún movimiento: ni volver a un futuro incierto, ni matarte.
–¿Qué ha ocurrido –inquirió él en un intento de desviar su atención– con el resto de misiones para restaurar o borrar periodos históricos? ¿Es ésta la primera?
–¿Qué clase de pregunta es ésa? ¡Por supuesto!
–Tal vez haya alguna posibilidad de que vuelvas a otro universo divergente en el tiempo: el camino se separa en dos y aunque en tu universo de origen no hay cambios, en otro sí. Básicamente, en uno Hitler está muerto y nunca ha habido II Guerra Mundial, en el otro sí.
–Ahora no estoy segura… –comentó ella pensativa–. ¿Dónde estamos…? –y tenía que admitirlo: le extrañaba un poco que el primer impulso de aquel hombre no fuese su propia supervivencia.
–¿En el espacio que queda entre la Historia y una paradoja de lo más idiota? Sí, es mi casa.
–Si los viajes retroactivos son imposibles cuando están condicionados por un objetivo concreto, ¿qué ocurre con mi Dios y sus dogmas? –se preguntó ella.
–Creo que me falta información suficiente como para responder a eso pero, ¿si hubieses venido del futuro, estamos seguros de que tendrías una pistola Glock para deshacerte de mí?
–No estamos familiarizados con el concepto de “misión encubierta”, por lo que veo… –replicó la mujer.
–¿Lo de joderme la mañana también es sarcasmo?
–Mi Dios me da sentido del humor ante la adversidad –ambos se dieron unos segundos de respiro–. ¿Dónde estamos? –se repitió a sí misma, absorta, estirando el brazo. Un calendario que había colgado en la pared salió disparado hasta su mano.
Él trató de recomponerse, sin apenas dar crédito al hecho de que objetos inertes fueran volando alegremente por su habitación, al tiempo que ella leía el mes y el año en el calendario e intentaba señalar uno de los días con movimientos inciertos mientras ponía cara de estar revisando cálculos matemáticos muy complejos.
–Estaba pensando… –intervino él sacándola de sus reflexiones– si viajas al pasado tiene que ser de casualidad… ¿Y cómo coño se viaja al pasado? No me digas “agujeros negros”, por Dios.
–Primero: no blasfemes, tengo una pistola y el Universo entero y su conciencia es Dios; segundo: agujeros negros desde el otro lado, haz caso a la tía loca que te está apuntando con un arma; tercero: quiero desayunar y, sí, tengo una pistola, así que prepárame unas tostadas –dijo, irritada–. Estuve entrenando durante… –no continuó la frase, él pensó que tal vez se trataba de información confidencial o tal vez era esa clase de cosas que se empiezan a decir en voz alta y se terminan de pensar en silencio; ella reparó con estupor en que no lo recordaba en absoluto y empezó a dudar–. Esto… esto es incompatible con la Fe, y me cuesta entender qué hago aquí o cómo he llegado… o qué es este sitio o qué somos nosotros.
–No sé, quizás se haya desgarrado el tejido de la mismísima existencia... –sugirió él sin convicción–, da cierta perspectiva sobre las cosas, ¿no? –dijo con una sonrisa cínica–. ¿Mantequilla y mermelada?
El hombre se levantó y se dirigió a la cocina. Desapareció por la puerta con una tranquilidad descontextualizada y fue en ese instante cuando ella empezó a adueñarse de la situación:

¡Mierda!
¡Qué tonta he sido!
Repasemos los elementos en discordia.
Uno: me encuentro de repente en una situación carente de sentido.
Dos: tengo conciencia del viaje en el tiempo que creo haber realizado y de una especie de periodo de instrucción precedente, pero cuando intento acceder a los detalles de mi memoria, esas pequeñas porciones de recuerdo se convierten en una nebulosa de datos mudos, como si no pudiera enfocar un paisaje.
Tres: aquí hay un hombre muy amable con el que siento una conexión empática de lo más sospechosa y que, lejos de preocuparse por su propia vida y muerte, parece obsesionado con desayunar y hacerme dudar de mi credo.
Cuatro: soy muy consciente de que hay una Iglesia para la cual realizar una quema de libros, ideas y personas es un quehacer cotidiano. Son la salvaguarda de nuestra Fe, ¿pero realmente tienen el poder de quemar el tiempo? Desde aquí sólo parece un error en su ideario, por varios motivos.
Cinco: no hay tanta diferencia entre una realidad fragmentada y una simulación inducida.
Seis: he dudado de mi fe en un espacio que, en principio, no existe.
O bien me estoy volviendo loca, o bien esto es una tortura sin daño y mi confesión ante el Tribunal de la Inquisición.

Mis ojos tomaron contacto con el aquí y el ahora.
Y, desafortunadamente, no había perdido el juicio.
Yo estaba sentada y ellos de pie.
Había visto esta Sala de la Curia con anterioridad, aunque sólo en formato de imagen.
Mi respiración se aceleró, como si cayera vertiginosa por un precipicio, porque, al contrario que ese afable cretino de las tostadas, yo sí sabía que iba a morir.
–¡¿Tengo que creer en un viaje en el tiempo sólo porque se me ha dicho que crea?! ¡¿Tengo que aceptar lo imposible?! –les grité desesperada.
–Tienes que obedecer al igual que hiciera Abraham cuando se le ordenó sacrificar a su hijo –respondió, impertérrito, uno de ellos.
El mundo perdía rápidamente su color, mi espíritu se quebraba y yo me sentía ya encadenada a mi suerte. Todo parecía lejano y sólo quedaba en mí una extraña debilidad, una convicción vacía, una pregunta sin contenido. Me sentía ajena a todo cuanto le daba significado a mi vida, como si de repente nada importara.
Y, quizás porque nada importaba, mi propia vida se convirtió en todo cuanto había en la balanza, y entonces supe con claridad que cualquier hombre a las puertas de la muerte daría cualquier cosa por un segundo más de vida, por la más remota posibilidad de ver el sol de nuevo. Este hombre lo cambiaría todo por sobrevivir y sería capaz de destruir a otro ser humano o negar al Creador si con ello fuese a obtener la garantía de su propia salvación.
Yo sólo podía rezar por un deus ex machina atropellado e irreal.
Sin embargo algo me decía que el Señor, habiendo percibido en mí la duda, no iba a escuchar mis plegarias pues no merecían la piedad de los ángeles.
Y los hombres deben ejecutar la justicia de Dios.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El ancla del tiempo (II)

El ancla del tiempo (II):

Aquello no era un viaje en el tiempo, principalmente porque los viajes en el tiempo podían acabar con el protagonista de la historia podando su propio árbol genealógico o habiendo nacido a través de su propia contribución. Y el universo no solía querer meterse en esa clase de líos.
No, aquello era el tiempo cayendo en la cuenta de que tenía atados los cordones de los zapatos mientras el suelo se acercaba a toda velocidad.

Sukurlam se internó en la torre y comenzó a subir escaleras y escaleras, mientras se aferraba a la tela de araña de Astaroth.
Aunque en su ascenso la torre le pareció bastante más alta de lo que sugería desde el exterior, sólo había tardado siete horas y veintidós minutos en llegar a la cúspide entre arcadas de piedra y el azote de los vientos. Ahí arriba, mientras luchaba por recuperar el aliento, doblado sobre su pecho y tosiendo con cierto alivio triunfalista, unos hombres togados le dirigían una mirada llena de incredulidad.
El orbe brillaba, iluminándoles a todos.
Y el tiempo fluctuaba: los hombres, más que moverse, se encontraban en varios lugares al mismo tiempo, superponiéndose unas imágenes con otras.
–Responde, caminante, ¿cómo has burlado a nuestra guardia? –dijo uno de ellos, bastante anciano, más curioso que irritado. Al comprobar la incomprensión en el rostro de Sukurlam se volvió hacia el resto acusatoriamente–. ¿O acaso el sacerdote Marduk ha olvidado organizar los turnos de nuevo?
Uno de los hombres, visiblemente avergonzado, levantó el dedo índice:
–¿Alguien puede decirme de nuevo qué estamos haciendo aquí?
–Vamos a invocar Enlil para que recupere su trono entre los dioses –expuso uno de ellos, aparentemente cansado de repetirlo.
–¡Por supuesto que no! –replicó, indignada, una mujer a su lado–. Nosotros somos Los Cenobitas del Séptimo Sello –aseveró con orgullo.
–¿Pero esto no es El Círculo de la Quíntuple Memoria?
–¡Orden, hermanos y hermanas! –clamó el anciano–. Irya –le dijo a la mujer–, infórmale a…
–Nebu –aclaró el hermano del Círculo de la Quíntuple Memoria.
–Bien, informa a Nebu… y también al hermano Marduk, sobre su cometido en el ritual y sigamos adelante. Y la próxima vez me encantaría que no hubiera cambios de última hora.
Sukurlam carraspeó sonoramente, los sacerdotes se volvieron sin comprender qué hacía ese extraño aún ahí, sonriéndoles sin esconder su desagrado. A decir verdad eso no estaba del todo mal: a los hombres no tenía que gustarles estar delante de un sacerdote, tenían que sentirse incómodos. Después de todo, los dioses hablaban a través de los sacerdotes y los hombres no cumplían la voluntad de los dioses, de modo que los hombres no cumplían la voluntad de los sacerdotes, lo cual venía a ser lo realmente importante. Sin embargo a ese caminante que estaba ante ellos no parecía desagradarle la escena como a quien teme la cólera de la divinidad, sino como a quien mira un plato de berenjenas con escepticismo: faltaba el miedo, faltaban los mismos cimientos sobre los que la religión se erigía. ¿Para qué querría nadie un dios si no era para recordarles a los demás que se equivocaban y que acabarían en los infiernos por ello?
–Vais a forzar el flujo del tiempo alrededor de esta torre, sacerdotes, una afrenta que pagaréis con vuestras vidas.
–¡¿Ah, sí?! ¡Tendrás que empezar por la mía! –le desafió Marduk desnudándose y descubriendo un cuerpo viejo, escuálido y tembloroso, que parecía estar formado casi exclusivamente a base de nudillos.
–Me refiero a que el tiempo –comenzó Sukurlam con paciencia–, localizado alrededor de esta torre, se aferrará al pasado, creándose una distorsión entre lo que quede fuera y lo que quede dentro del área de efecto de ese orbe y, después, cualquier intento de cruzar esa frontera podrá ser mortal.
–Qué estupidez –respondió el anciano líder–, el tiempo es como un río, es el mismo para todos los ojos.
–El tiempo es una vasta tela de araña –le corrigió Sukurlam–, puede ondularse, pero se adhiere a todas las cosas, hagamos lo que hagamos nos atrapa y acaba con nosotros. Es precisamente por eso que podéis realizar este experimento: el tiempo puede no comportarse igual dependiendo de dónde estemos, habéis sido perspicaces, aunque por los motivos equivocados. Pero es precisamente por eso que hacéis el experimento: teméis a la muerte.
–¡Aquí nadie teme a la muerte, los dioses son nuestro refugio! –vociferó el anciano.
–Si se me permite –intervino Irya con cautela–, estamos aquí para investigar el presente, por aquello de que tan pronto como lo decimos es pasado y, más o menos, tan rápido como lo imaginamos el futuro pasa a través de nosotros. ¿Podemos ignorar a este hombre y finalizar el ritual antes de que Marduk se quede dormido? –interrogó esperanzada–. Demasiado tarde… –añadió tras echar una ojeada hacia atrás.
–El presente es lo único que experimentamos –sentenció Sukurlam–, mientras que la idea de presente es lo único que se evapora. Nosotros no podemos vivir en el pasado ni en el futuro –Marduk despertó de pronto debido a uno sus propios ronquidos–. Buscáis detener el tiempo, si lo ralentizáis aquí, a vuestros ojos, irá más rápido en el exterior. Pero si lo detenéis…
–¡Blasfemia! –zanjó el anciano líder.
–¡Es un problema matemático! –exclamó entusiasmado el hermano del Círculo de la Quíntuple Memoria, el cual no parecía involucrarse del todo en los objetivos de Los Cenobitas del Séptimo Sello–. Si aquí nos acercamos a cero, allí nos acercamos al infinito –dijo satisfecho, y tras la satisfacción su rostro dejó paso al más puro terror–. ¡Yo no quiero aproximarme a ese infinito! ¿No preferís invocar al dios Enlil? –suplicó–. ¡Los rituales del Círculo de la Quíntuple Memoria tienen la ventaja de que nunca llegan a nada!
Irya parecía titubear…
–¡No podemos rebelarnos contra las reglas que han dispuesto para nosotros, no estaría bien! –dijo la mujer tras pensar durante unos segundos una excusa sencilla y convincente, tratando de parecer razonable.
Como si los sacerdotes hubiesen llegado a un acuerdo en aquel instante, el brillo del orbe perdió intensidad.
Sukurlam decidió que era un buen momento para marcharse.
–¡Quedáis expulsados de la hermandad de Los Cenobitas del Séptimo Sello! –rugió el anciano líder, ocultando pobremente su impotencia, al tiempo que los acólitos huían escaleras abajo y le preguntaban a Nebu qué había que hacer exactamente para entrar en el Círculo de la Quíntuple Memoria.

Astaroth esperaba en el valle. Al ver al líder de la cábala, le saludó:
–Venerable Askar, tú que conoces tanto de la obra de los dioses y que con tanta necedad te consagras a su destrucción, habrás de reunirte con Nergal en el inframundo –dijo mientras le tomaba con una de sus gráciles manos, alzándole del cuello como si no levantara peso alguno–. Y tú, Sukurlam, serás rey –sentenció mientras la vida del anciano se apagaba entre sus dedos–, te lo garantizo por este mismo mundo que, posiblemente, has salvado. Diles a los demás sacerdotes que no recaerá sobre ellos mi ira. Ni tampoco habrá represalias sobre ti.
–Pensé que el orbe merecía otra oportunidad –indicó él, desvelándolo de entre sus ropajes y entregándoselo a la demonio.
–Conforme –ella lo tomó de entre las manos del futuro rey.
–Astaroth –invocó Sukurlam.
–¿Sí?
–Ya que tal vez haya salvado el mundo… aunque no estemos seguros de ello, ¿puedo hacerte una pregunta?
–Hazla.
–¿Qué son los dioses?
–Una mentira que se os prohíbe cuestionar.
–¿Con qué fin? –curioseó Sukurlam, sólo por conversar.
–Con el de ocultar las grandes mentiras detrás de ella: si no podéis cuestionaros la existencia de los dioses, ¿cómo vais a haceros preguntas de verdad?
–¿Y cuáles son las grandes mentiras? –quiso saber él, Astaroth sonrió divertida.
–Bondad, justicia, honor y todo eso. Los hombres necesitáis creer que existe un orden bajo las cosas, que podéis medir y juzgar el mundo en términos fácilmente comprensibles.
–¡Pero esas cosas existen! ¡El viento no mora en ningún lugar ni se ve si no es a través de aquello que embiste o acaricia, y sin embargo existe!
–Y no obstante el viento no embiste ni acaricia: únicamente es viento. El valor que le das es algo humano, hecho a tu escala, hecho para juzgar lo que ocurre y darle un sentido: si barre tu casa, es perjudicial; si destruye a tu enemigo, es benéfico.
–Entonces, ¿vivimos en el caos? –Astaroth, al oír esas palabras, liberó una risotada cristalina.
–Caos es sólo lo contrario a orden –le aclaró ella–, la misma mentira vista desde el otro lado. ¿Crees que el mundo se va a derrumbar si no le das un significado? No desesperes: a los demonios aún les queda una fe infinita en los hombres.
Comenzaron a caminar en silencio, dejando atrás la torre, ahora sin poder.
–Astaroth –volvió a decir Sukurlam, deteniéndose.
–¿Sí?
–¿Qué demonios eres tú?