¡Entren en su blog de literatura cutre!
Sí, damas y caballeros, conservo escrupulosamente unos estándares de baja calidad a los que me debo.

lunes, 1 de mayo de 2017

Un cuento de hadas


A Miss y a Dami.

Un cuento de hadas:

Imaginad un tiempo antes de todos los antes, unos días en que los círculos de setas nunca nacían por casualidad y siempre refulgían en la noche, un tiempo sin tiempo en que los bosques eran sombra y hiedra entre árboles, y en que los animales salvajes eran respetados por su poder. Imaginad que el sonido de la vida y la muerte era la constante que se escondía en el piar de los pájaros o en el fluir de un riachuelo perdido en alguna remota montaña y de cuyas aguas nadie escribiría nada jamás.
Imaginad ahora que la frontera entre la magia y el mundo sólo está en los ojos que miran.
Y tomad aire…
Una flecha atravesó el cuello del zorro en su carrera.
La Gata exhaló aliviada, dejando descansar el brazo que hacía apenas un segundo había tensado la cuerda del arco, y se acercó a su presa. Sus pinturas, como una bandana oscura en los ojos, parecían moverse bajo los árboles.
–¡¿La cena?! –gritó la gran Ona, silenciando el rumor de la espesura y acercándose hacia allí–. ¡¿Ya está muerta?!
–La cena –la Gata extrajo la saeta con un movimiento firme.
–¿Y Bimba?
La Gata se encogió de hombros, Bimba estaría haciendo lo que Bimba solía hacer: nada.
No obstante, se equivocaba. Bimba, por extraño que les pareciese a ambas, estaba haciendo algo: correr hacia ellas llena de esa inexplicable felicidad que llevaba consigo a todas partes.
–¡Una imbécil…! –Bimba se tropezó con una rama y soltó una risotada–. ¡Una imbécil me ha jurado que hay una nueva recompensa por rescatar a la princesa de la torre de Hojanegra! Esto… ¿habéis sido vosotras? –quiso saber, curiosa, mientras recuperaba el aliento.
–No seas ridícula –dijo la Gata con acritud.
–¡Seguro que has sido tú! –exclamó Ona con una sonrisa desafiante–. Sólo quieres ponernos en evidencia, ¿es eso?
–No pero tampoco… –Bimba llevaba atada con correas a su antebrazo una pieza de obsidiana pulida, maleable pese a su lítica apariencia y extremadamente fina. Hizo una serie de movimientos sobre su superficie, una luz se encendió, levitando encima de aquél artilugio–. Bueno, habrá que ir para allá, ¿no? Aquí hay una puerta –dijo Bimba señalando un enorme agujero en el tronco de un árbol.

Lejos, muy lejos, en otro bosque en el que el musgo descendía por las ramas de los robles y las telas de araña eran más espesas que la niebla, había otro agujero en el tronco de un árbol.
–Sólo digo que, ¿a quién le puede gustar un sitio así? –insistía Bimba apareciendo entre la negrura–. Es decir, ¿puedes plantar un huerto o algo en un sitio como éste?
La Gata, silenciosa, caminaba con una flecha descansando sobre el arco, lista para disparar, y Ona, con su mandoble en ristre, intentaba vislumbrar lo que se escondía entre las tinieblas que dejaba tras de sí un sol incapaz de penetrar el tupido techo verde.
Al cabo dieron con su destino: una torre ominosa se alzaba por encima de las copas de los árboles.
La piedra era gris y zigzagueaba hacia lo alto, siguiendo un trazado casi espasmódico en una burla hacia cualquier ley física que se atreviera a dejarse caer por los alrededores.
–¿Ya está? –inquirió Ona decepcionada–. ¿Ya estamos aquí? ¿Nada de domesticar dragones, nada de un viaje estúpido para conseguir una brújula mágica o un mapa que algún cretino lleva cosido a una espalda aún por desollar? ¿Nada de arrebatarles su vida a putos desconocidos sin ningún motivo de peso?
–Puedes hacer el viaje largo, si lo deseas –comentó la Gata.
–¡Yo me apunto a lo de domesticar dragones! –exclamó Bimba con entusiasmo antes de aproximarse a la puerta de la torre–. Ésta vez, damas y caballeras, tenemos que ocuparnos de una cerradura mágica de alto nivel –se desabrochó las correas del brazo y con un pequeño golpe a aquel artilugio la superficie adquirió una forma perfectamente plana, y ella lo apoyó sobre el suelo a fin de tener las dos manos libres–, es como dividir cincuenta y siete mil ochocientos noventa y seis entre cuarenta y dos mil ciento veinticinco, empieza a ser medio jodido… –Bimba sonaba entretenida mientras ese trasto emitía una miríada de puntos de luz multicolor que ella iba desplazando de un lado para otro, a toda velocidad–. Hay un techo de cristal cuando llegas a los hechizos de nivel cuatro… Casi… casi ningún cerrajero podría forzar una cerradura protegida por un conjuro, que para eso están… –Bimba se detuvo un momento, pensativa–, resulta que… –y volvió a trasladar los puntos de nuevo, uno a uno, a un ritmo vertiginoso–, porque eso ya va un poco más allá del “usar ganzúa con puerta”. Pero, vamos, que llega tú a hackear un hechizo de nivel cuatro y tira para arriba…
–¿Y qué? –inquirió Ona imperiosa, sin perder la concentración al inspeccionar la zona.
–¿Y qué? –repitió Bimba a su vez, extrañada y enfrascada en sus quehaceres.
–¿Cuánto es tropecientos mil y no sé qué contra cuarenta y dos mil no sé cuántos?
–Mmm… es como… –se dio unos segundos para pensar–. ¿Uno coma tres… siete… esto… cuatro…. y más numeritos? –se aventuró con cierta timidez, agudizando la voz–. Tres… siete… no, perdón, ocho…
–Acero afilado, mente afilada –asintió Ona.
–Pasen y vean, señoras –invitó Bimba con un gesto cuando logró abrir la puerta.
–¡Fuera de mi propiedad! –unos pisos más arriba se abrió una ventana, una mujer de aspecto airado blandía su puño amenazante.
–¡Oh, bella princesa –dijo Bimba riendo y casi cantando–, dejadnos penetrar vuestro inocente vergel, pues hemos de dar muerte al malandrín que presa os ha hecho en su castillo y.. emmm… nos aguarda un reino que conquistar con esas vuestras caderas que no han conocido labios… o algo así! –e hizo una cómica reverencia–. ¡Pureza por riquezas! ¡Impureza por tierras y el corazón en la palabra que queda entre las piernas!
–¡Barra libre de despropósitos, princesa! –exclamó Ona en el mismo tono que su compañera–. ¡Os haremos un poema al que llamaremos amor! ¡Pensad que las rameras nos cobraron por lo mismo y esta hazaña no cuesta más que la minucia de vuestra libertad!
–Qué sería de la virtud si no fuera por la prostitución… –comentó la mujer de la ventana, reposando su barbilla sobre el brazo.
–Sal de la espesura, idiota –ordenó la Gata apuntando hacia la maleza.
Un idiota, pertrechado con una radiante armadura, un escudo a la altura de la situación y una espada que –a ojos de Ona– en manos de aquel tipo debía cumplir una función más bien ornamental, salió de entre los arbustos.
–¿Qué clase de brujería es ésta? –interrogó el caballero.
–Tu entrada en un cliché –bufó la Gata.
Y Haru, esa mujer que se había fingido irritada en la ventana, no acababa de desaparecer ahí arriba y ya estaba deteniéndose ante el intrépido caballero aquí abajo, dejando escapar un humo espeso por la boca.
–Has venido desde muy lejos, caballero, no deberías volver con las manos vacías –y le ofreció lo que fumaba.
El caballero, perplejo, no pudo más que preguntar:
–¿Mas dónde está el terrorífico brujo que os acecha? ¿Qué hay de la prometida recompensa? –Haru puso cara de circunstancias ante la oferta rechazada y decidió dar una calada de pura resignación.
–¿Habéis sido vosotras? –quiso saber la hechicera, dirigiéndose a las mujeres con lo que tal vez era una mirada cómplice.
La Gata liberó una carcajada silenciosa:
–Discúlpame, siento debilidad por la gente que no contrasta información: a este gentilhombre le dicen que las legumbres le curan la cirrosis y muere aplastado por una carreta de cerveza.
–¡Sólo es una mujer soltera, nuestro enlatado héroe! –intervino Ona–.  ¡Posiblemente no muerde! O sí… –fingía ahora sospecha–, hace magia, y para eso hace falta estudiar movidas. ¡Y una mujer que sabe leer es antinatural como poco! –empezó a gritar cada vez más alto, como si el autocontrol fuera algo que les ocurría a otras personas–. ¡Estoy contigo, joder, ¿la lapidamos?! ¡Claro que sí, vamos a lapidar a esta zorra!
–¡Hubiese apostado un cincuenta por ciento a que esto era cosa de la Gata! –soltó Bimba entre risas– Venga, ¿humor inteligente o humor idiota?
–Estadística –la retó la Gata.
–Buen caballero acosador –comenzó Haru a decir, solemne–, mis amigas se han aprovechado de usted –y se detuvo en ese punto por deferencia: no estaba segura de si aquello era ofensivo porque señalaba lo evidente, si era ofensivo porque existía la posibilidad de que el hidalgo no tuviera muy claro aún que había sido objeto de burla por méritos propios o si era ofensivo porque ella había pensado que existía esa posibilidad–. Hala –esta vez se giró de nuevo hacia ellas–, vamos a ir cenando que este buen hombre querrá marcharse. Y tú –esta vez miró fijamente a Bimba– deja de joderme la puta puerta.
–Pero si no te la jodo, ¿cómo ibas a superarte a ti misma? Mira que lo hago para que fuerces tus límites, con lo que yo te quiero.
–Bueno… entonces, vale –Haru les dejó pasar a su torre–, ¿y cobramos la recompensa o qué? Técnicamente ahora soy libre.


sábado, 1 de abril de 2017

Un día de clase

“Me lo contaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí.”
CONFUCIO.

Un día de clase:

Zera era muy ignorante, de modo que un día decidió meterse a profesora, disfrutaba además de un profundo conocimiento de lo que su ignorancia significaba, así que procuraba no empañarla con verdades absolutas. Las verdades absolutas echaban al hombre a perder: para empezar lo hacían aburrido. Las frases lapidarias constituían siempre la más obvia de las mentiras, por no mencionar que resultaba del todo vulgar tomar la parte para estrangular al todo. Al parecer sólo la tiranía había podido emplear la verdad con algún grado de éxito, aunque éste había sido invariablemente estúpido.
Por su parte Zera se tenía por una mujer perspicaz porque, fuera del aula de educación primaria, la gente no solía entender lo que decía y sobre todo porque dentro sí.
El aula, esta semana, era un bosque lejano con un riachuelo, la temperatura estaba configurada en lo que en los estrictos baremos computacionales venía a traducirse como “agradable”, y los niños, que obviamente no estaban allí más que como realidades virtuales –aunque la diferencia entre real y virtual apenas podía ser percibida de ningún modo–, se sentaron en el suelo.
–La libertad sin igualdad y la igualdad sin libertad devienen abusos del poder, es una frase de Scott Jiménez, niños. ¿Algo que decir?
Nat, la niña irreverente, y Sen, el niño avispado, cuchichearon entre ellos.
–¿Los siglos del capitalismo y del comunismo temprano? –inquirió Sen.
–¡Ese rollo de que el poder estaba en manos de unos viejos raros! –añadió su compañera.
–Exacto –se congratuló su profesora.
–Es eso de que cuando los países fueron a ver las deudas que tenían –siguió Nat– y vieron que nadie podía pagar nada, entendieron que el mundo había funcionado sin dinero y nadie había muerto.
–Bueno, la frase tiene más que ver con los ciudadanos –precisó Sen–, ¿no?
–¡Pero si no existían! –dijo Jake indignado.
–¡Profe! –exclamó Ling-Ling para llamar su atención–. ¿Cómo podía la gente vivir así? ¿Por qué no se rebelaban contra el poder? Por qué votaban cada no sé cuánto y punto? ¿Por qué dejaban que otros eligieran por ellos?
–El poder político y financiero –comenzó Zera a decir– les había convencido de que a) no eran un grupo social y de que no tenían fuerza para unirse y b) que cualquier alternativa al capitalismo era irrealizable, imposible y no era siquiera deseable.
–¿¡Y se lo creyeron!? –inquirió Penny riéndose y mirando a sus compañeros–. ¡Si eran libres sólo para comprar!
–¡Casi todos salían mal parados! ¡Unos pocos tenían casi todo, los de arriba empujaban a los de abajo! ¡Y les parecía normal que el Estado no les diese casa, salud o trabajo gratuitos! Bueno y… ¡Tenían Estado! ¡Qué tontos! –soltó Trish.
–No eran tontos –aclaró Zera en tono conciliador–. Pensad en nuestra sociedad, ¿acaso no tiene problemas? ¿No hay injusticias?
–Digo yo, sí… pero antes era peor: pobreza estructural, pena de muerte, no había libertad de expresión en casi ningún sitio. Excepto en ese par de siglos en que parecía que todo se iba a… al garete… ésos… lo que sea.
–El Dogmatismo se llama eso –la ayudó Zera. La información estaba ahí para cualquiera, aunque a la profesora no le inquietaba en absoluto la vagancia en sus alumnos.
–Gracias. Pues eso, durante el Dogmatismo no había libertad de expresión en ningún sitio en absoluto.
–De nada. Pero no eran tontos, algunos eran muy inteligentes. Pensad que lo mismo podrían decir de nosotros en el futuro y no sería verdad: una persona estúpida tiene una respuesta bien definida, una inteligente, signos de interrogación para contestar. Y no tratéis de reducir épocas enteras en un par de frases porque nunca daréis en el clavo: con un par de palabras suele bastar.
–Seguro que era porque vivían menos de cien años, eso le tiene que tocar a uno la cabeza –colaboró Penny.
–Qué va, cuando te mueres siempre es demasiado pronto –aseguró Nat.
–¿Y la gente creía que los robots iban a matarles en un apocalipsis tecnológico? –inquirió Jake–. ¡Mola!
–Sí, aunque ya sabéis lo que pasó: los humanos nos acabamos fusionando con los androides. Somos nuestra peor pesadilla –señaló Zera con una sonrisa–. Las cosas sucedieron gradualmente, la tecnología se convirtió en nuestra forma de vida cuando llegamos al neolítico, después y durante toda la historia siempre se ha insistido en que vivíamos mejor cien años antes. Aunque, ¿queréis saber cuál es el momento más asombroso para mí a nivel tecnológico?
–¡¡¡Sí!!! –dijeron todos a coro, incluido Tal-Hesra, el niño de la especie alienígena de los nim que solía hablar menos y ocuparse más en ver desfilar cadenas de datos ante sus ojos, pensar en sus cosas o desarrollar excusas elegantes sobre su continuada ausencia a partir de axiomas preferiblemente endebles.
–De entre las cosas interesantes que nos han ocurrido como especie – comenzó Zera a exponer–, mi momento favorito fue cuando la física rompió sus barreras y cuando la ley de Itak fue demostrada tanto hipotético-deductivamente como, unos años más tarde, empíricamente. No nos bastaba con reformular un problema en base a nuevas hipótesis, se trataba de reformular las estructuras mentales a través de las cuales accedes al hecho. Se trataba de manipular y adaptar a cada situación la naturaleza de los datos con los que la física había trabajado tradicionalmente.
Los siete niños esperaron un par de segundos pensativos, después sonrieron.
–¿Con qué compararíais el procedimiento? –preguntó Zera.
Nat y Sen se miraron y luego, con ojos brillantes, exclamaron:
–¡Con el pensamiento lateral!
–¡Ah…! –se sorprendió Jake al caer en la cuenta.
–¡Es verdad! –convino Penny.
–¡Jo, el pensamiento lateral…! –concordó Trish entusiasmada.
–¿Y con la poesía? –comentó Ling-Ling.
–Y con el arte en general, ¿no? –dijo Tal-Hesra.
–Sois los alumnos más listos del mundo, niños –afirmó su profesora.
–Eso se lo dices a todos –le reprochó Sen entre risas.
–Sí, pero no deja de ser cierto en cada caso –siguió Zera–. Y ahora, decidme, ¿qué momentos os gustan a vosotros?
Y ellos volvieron a pensar.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El nacimiento de una bruja

El nacimiento de una bruja:


Kalani, al fin, abrió los ojos.
Intentó alzar los brazos, pero unas correas de cuero se cerraban alrededor de sus muñecas, inmovilizándolas.
Además de verse encadenada y tener la vaga certeza de estar desorientada, le dolía toda la mitad derecha del cuerpo. Por otra parte, y dentro de lo malo, estaba sentada sobre una silla alta, acolchada y bastante cómoda, y –lo más importante de todo– aún tenía la ropa puesta. Por lo demás, nunca antes había visto al hombre que estaba sentado frente a ella, observándola con un pie apoyado en la mesa que les separaba.
La suciedad sobre su piel y el sudor la cubrían. Kalani se miró las manos de forma errática, las zapatillas, los vaqueros, la camiseta que vestía: había manchas de sangre reseca. Arrastró la vista al techo, luego al hombre, después a las paredes. Veía estanterías de metal oxidado, armarios sucios que pretendían ser transparentes, espejos. Todo parecía haber querido ser de color blanco hacía tiempo: el hospital amparado por la herrumbre, la tierra, el moho y la vegetación que se infiltraba. La luz eléctrica iluminaba la habitación y el pasillo, el cual se veía al otro lado de la puerta de cristal cubierta por una pátina de polvo.
Aquel hombre empezó a hablar y Kalani se escondió en el infinito que había detrás del discurso:
–Fuimos atacados hace unos días por una banda de críos muy peligrosos. Muy peligrosos y, diré más, muy hijos de puta –apostilló el hombre con convicción, levantándose–. Como comprenderás los asaltos nos han hecho tomar ciertas precauciones, así que cada día enviamos un destacamento para comprobar los alrededores. De alguna manera eso ha terminado con un niño muerto, pero algo me dice que no es uno de los que buscábamos –comentó mientras se rascaba la barba de tres días, ella recibía cada palabra con la mirada perdida–. Ibais tres adultos con él. Sí, quizás podríais contaros entre esa banda de chavales locos –le concedió él, inclinándose hacia adelante–, aunque a primera vista parezca muy poco probable. En parte por eso estás atada –le explicó indicando la obviedad de su cautiverio con un gesto–. Pero –dijo aproximando su silla a Kalani– eso no es ni de lejos lo más extraño que ha pasado hoy.
La joven se encontraba en una huida estática con el mundo relegado a un segundo plano y, tal vez sin querer, caía por la mente de aquél tipo, sangrando por la nariz mientras contemplaba un paisaje lítico de ideas fijas, tristes, muertas. Y la gente, la gente también estaba muerta en el interior de aquella mente. Rostros de cadáveres, gente querida y desaparecida, el cuerpo de una mujer torturada y mutilada por esos niños, y junto a ese recuerdo, ira, críos riendo como hienas, el cuerpo humano convertido en objeto de experimentación, la imagen borrosa de Cole con un tiro en la cabeza.
Y, mientras, el rostro demacrado de Kalani era el retrato de la ausencia.
–Ésta es la situación –continuó aquel individuo sacudiéndose una araña del hombro–: algunos de mis hombres están muertos, algunos de los tuyos también. Es algo que suele ocurrir cuando se encuentran dos grupos de gente desconfiada. Pero sólo hubo un disparo, al menos sólo hubo uno que diera en el blanco. En parte por eso estás atada.
–¿? –dijo Kalani, tras lo cual pensó que tal vez llenar la interrogación con un “qué” hubiese sido más efectivo.
Sintió algo sobre su camiseta, miró hacia abajo y vio manchas rojas, desconcertada, reparó en la sangre tibia que resbalaba sobre su labio superior.
–En un mundo como éste –dijo señalándola con un dedo aleccionador– no es bueno confiar en las coincidencias.
Kalani, haciendo malabarismos un horizonte más allá de los sonidos, vislumbró a una mujer a través de la puerta de la habitación, parecía tener una correa cruzándole un hombro, probablemente de algún arma de fuego, y miraba hacia ellos, tal vez para cerciorarse de que todo estaba en orden. La joven tomó aquel sentimiento de seguridad, lo aisló, lo magnificó y lo bloqueó en la mente de aquella mujer. Pensaba que podría ser útil tratar de controlar la situación. No obstante en su cabeza comenzó a abrirse un dolor agudo y eléctrico, roturas refractándose bajo su cráneo, estaba demasiado cansada como para exigirse grandes esfuerzos. Su vista se nubló, tomó aire con evidente trabajo mientras su equilibrio tenía que apoyarse en la mesa con las dos manos. Se sentía a punto de desfallecer.
–No deberías –dijo Kalani clavando por vez primera su mirada en aquel tipo, tirando de cada palabra con el esfuerzo de su aliento– ir por ahí preguntando el porqué de las cosas: podrías tener que escuchar una respuesta desagradable como “gonorrea”, “el número pi”, “protuberancia” o “ironía”. Por otro lado he estado bastante ocupada manteniéndome inconsciente.
–Buscamos justicia –le respondió invariablemente aquel hombre.
–No jodas, la justicia sólo existe a través de los ojos de los hombres –la habitual energía de Kalani se abría paso, aunque fuera tímidamente, entre la tragedia. Esa frase que ahora citaba se la había dicho Audrey una vez, “porque los hombres creen que la realidad y las palabras son lo mismo”. La realidad y las palabras tienen poco que ver, pero es que esta buena gente además se ha dejado el puto diccionario en casa, se dijo la joven.
–Justicia –repitió él dando un toque con el dedo índice en la mesa, conciso pero imperioso.
–¿Sabes? Tener la mente cerrada no sería tan malo si te acordaras de dónde has puesto las llaves.
Ahí tenían que haberle pegado. O haberlo intentado. O al menos eso pensaba ella. Sin embargo el ruido, los gritos y el pataleo salvaje proveniente del pasillo dejaron la represalia en el en general –si uno no Kalani– inocuo terreno del pensamiento.
Tenía que salir de allí.
Apenas sabía de dónde sacar fuerzas, sin embargo tenía que intentarlo y había una forma muy obvia de ganar terreno en otra mente: si lo que quieres es que alguien haga algo de la nada, lo más sensato es dejar que la idea esté ahí de antemano, porque manipular lo que existe siempre es más sencillo –aunque más aburrido– que inventar lo que no existe.
–Desátame, siéntate y quédate quieto y calladito –ordenó ella.
Él hizo lo que Kalani decía. Y ella, una vez de pie, tuvo que aferrarse a casi todo lo que podía, con las palmas de sus manos avanzando a marchas forzadas por la pared. Le costaba moverse, pero empezaba a convencerse de que no se desmayaría.
Con bastantes dificultades la joven le ató al hombre las manos a los brazos de la silla, le cacheó haciéndose con un llavero y una pistola, y después se asomó a la puerta.
Las gotas de sangre dejaban su rastro sobre el suelo.
–¿Dónde coño están mis amigos? –preguntó echándole una ojeada al pasillo.
–En la morgue –Kalani lloró, no obstante su expresión se mantuvo firme–, bajas un piso y giras a la izquierda, sigues el pasillo unos trescientos metros y encontrarás el cartel.
–¿Cuánta gente va contigo?
–Ahora ya sólo quedamos seis.
–¿Y el perro?
–¿Qué perro?
“Buen chico”, pensó Kalani.
Había dos mujeres y un hombre en el pasillo, y un niño pequeño tratando de liberarse de sus captores. Mientras ellos usaban una ropa desgastada y descolorida, el niño llevaba algo que no podía ser descrito más que como una falda de piel hecha jirones. Kalani creyó distinguir pinturas en la cara del niño, no lo sabía con seguridad: el pasillo era muy largo y ellos estaban bastante lejos.
Y, aunque Kalani estaba demasiado lejos como para verlo bien, el pequeño liberó una mano, se apoderó de un cuchillo de la caña de la bota del hombre y lo clavó en el primer muslo que vio, mordió una mano ajena y se escabulló a tiempo para recibir una patada en la espalda que lo derribó. Estando en el suelo comenzaron a patearlo y le arrancaron la falda, el niño lloraba, se revolvía e imploraba.
–Ojo por ojo –dijo una de las mujeres.
Kalani huía hacia las escaleras tan rápido como su extenuación le permitía mientras aquellos desconocidos dirimían sus conflictos diplomáticamente.
En su descenso, y a pesar de la distancia, escuchó gritos horribles: los ruegos no cesaban, tampoco los golpes.
La joven consideraba que la venganza no era un buen negocio, sólo era la voz del dolor suplicando por una retribución, la que fuera. Era la desesperación rogando por un porqué cuando todo lo que podía importar se había desmoronado. Además, no había justicia que fuese causa ni solución de la muerte.
Y sólo había muerte, sólo había soledad, y nada iba a cambiar eso. Ella miraba al abismo y el abismo miraba dentro de ella para encontrar un desafío.
Decidió interrumpirse: ahora no era un buen momento para sufrir, así que se limpió la cara de sangre y lágrimas y tiró el pañuelo. Tomó aire, prestó atención, aguzó el oído y marchó hacia adelante.
Aunque se alejaba, tardó en dejar de oír los gritos, tal vez siguió escuchándolos en su cabeza, no estaba segura, ni estaba segura de que importara.
Al abrir las puertas de doble hoja de la morgue apenas unos minutos más tarde, vio varios bultos sobre camas metálicas. Audrey, Rhys y Cole estaban ahí, tendidos, lívidos, inertes.
Su mente se detuvo, paralizada ante aquella imagen.
Su cuerpo tuvo la decencia de vomitar.
Después se obligó a continuar. Ahora no podía llorar, gritar o golpear cosas mientras su rabia desafiaba la impotencia en vano. Ahora no podía sentirse sola, ausente ni abandonada.
Inspeccionó los cadáveres en busca de heridas de bala o arma blanca. Nada.
Al fin y al cabo ya lo sospechaba: ¿un disparo y varios muertos? Más concretamente: ¿un disparo que había matado a Cole y varios muertos? Estaba claro lo que había pasado y sin embargo ella se había estado aferrando a un clavo ardiendo, a la esperanza. La misma esperanza que te hace mirar en un cajón tres veces seguidas mientras te dice que lo que buscas podría estar ahí esta vez.
Escupió al suelo los restos de vómito de sus labios, vio las mochilas de todos ellos. Cogió la armónica de Audrey y llenó la mochila de Cole de libros, un botiquín y cachivaches, para colgársela al hombro después. Cogió su revólver, un cuchillo, y colocó el arco y el carcaj de Audrey sobre el cuerpo frío de su dueña. No encontraba su casco de piloto, pero sí vio la capa de su amiga, así que la cogió también.
Un pensamiento rompió urgente contra el pesar que sentía: “los medicamentos”, a eso habían venido. Y aún recordaba el camino a la cámara frigorífica. “A ver si hay suerte”, se dijo. En el pasillo por el que había venido se escuchaba esa clase de silencio denso que hace la gente cuando intenta no hacer ruido. Le dio un beso a Cole lleno de cariño y salió de la habitación por otra puerta.
 


La ciudad estaba cubierta de musgo y plantas apoderándose de las grietas. Los coches que habían quedado a la intemperie no eran más que un amasijo de óxido. Los animales campaban a sus anchas y ellos tenían que andarse con ojo para distinguir cualquier ruido amenazador por encima del canto de los pájaros y el susurro de las alimañas que tanto abundaban. Se sabía que había perros y lobos cazando por los alrededores y, aunque pudieran ahuyentarlos con sus armas de fuego, un dispara sólo traía peligro.
Boastwain olisqueaba el aire a menudo, vigilante. Kalani se había estado preguntando cuándo se desplomarían los edificios, pero después empezó a conversar con Cole, hablando los dos muy bajito:
–Pues, dejando a un lado las horas de sueño, si dejas de leer durante más de dos horas seguidas –decía él mientras caminaban por la ciudad parcialmente tomada por el bosque–, el cerebro se te atrofia pasando por varios estadios, a saber: el primer nivel de mengua es analfabeto funcional, el último es acelga exquisitiva. Los de en medio aún me los tengo que inventar.
–Exquisitiva… –repitió Kalani entre risas–. Hay muchos niveles intermedios… como ingenio babeante o caníbal intelectual (éste es un dogmático infiltrado), pero dentro de los analfabetos funcionales tenemos que meter subgrupos to locos ahí, por ejemplo, el lector de cuentos para niños mudos, ya sabes, ésos en los que una chica tiene el electrizante papel de echarse una siesta y esperar el beso de un macizorro –de repente se giró hacia Cole vibrando de entusiasmo–. ¡También podemos meter al protón acrítico!, ése que se olvida de los pequeños detalles como: ¿por qué en las obras de ficción los alienígenas de una misma especie hablan todos el mismo idioma? ¿Qué pasa, sólo los humanos somos multiculturales? ¡Menuda estafa! Hay mucha discriminación velada por omisión en esa mierda. Y además todos los extraterrestres se parecen sospechosamente a cosas que ya conocemos: gente cabezona, teteras y bichos feos. Y todos quieren matarnos o follarnos, ¡y no puede ser, eso es justo lo que queremos hacer nosotros con ellos! No sé, no lo veo… –dijo alzando las manos en señal de rendición–. Deberían… deberían ser otra cosa –aseveró Kalani intentando parecer misteriosa, meneando los dedos.
–¿Así, otra cosa? –la imitó Cole.
Otra cosa –asintió ella satisfecha.
Habían aparcado el coche a unos kilómetros por temor a que las carreteras en el interior de la urbe pudieran no ser transitables, pero ya no quedaba mucho para llegar al hospital y robar, que lo que siempre hacían. Rhys y Audrey les seguían a unos metros, Boastwain iba ante ellos, olisqueando lo que quedaba de pavimento.
–Bueno, –atajó Cole–, no te fíes de gente que insiste en que los niños tienen mucha imaginación: se están aprovechando de la poca que tienes tú.
–Cuando eras niño tenías mucha imaginación –le dijo Audrey a Cole–, pero, vamos, que de pequeño aprendiste a construir un generador hidroeléctrico. Tal vez no eres la muestra más representativa.
–Y mi capacidad imaginativa ha aumentado, te lo aseguro: ahora puedo pensar en la decadencia de una meritocracia castrense que recompensaba a sus ciudadanos en base a su vello corporal –puntualizó Cole.
–Cole –intervino Rhys–, ¿no te preocupa no haber tenido infancia?
–¡Que levante la mano quien haya tenido una infancia pacífica! –propuso Kalani muy animada, aunque seguía hablando a un volumen cauteloso–. ¡Vamos, no seáis mierdas! ¿Cómo? ¡¿Nadie?! –Kalani se fingía indignada–. Rhys, tío, crecer es lo puto peor, Cole simplemente se ha ahorrado un par de pasos porque… porque saber mogollón de polisílabos o cómo construir un puto generador hidro-jodido-eléctrico tiene que dar puntos se mire por donde se mire…
–¡Esperad! –gritó Audrey en un susurro, alzando el puño mientras se agachaba, alerta–, hay algo raro ahí delante –aseveró señalando–, Boastwain est…
Se escuchó un disparo y el mundo se quedó en silencio.
Los ojos de Kalani se abrían hasta lo imposible al ver cómo el dolor le cerraba los suyos a Cole, y el chorro de sangre salpicaba el cielo.
El tiempo se detuvo en sus pupilas azules.
Kalani sintió cómo sus neuronas emitían una señal aguda y penetrante que se extendía como un incendio bajo su cráneo. Trataba de contenerlo, pero el poder se quería libre y extinguía su voluntad, y ella, rebasando el umbral del dolor cuando un ultrasonido helado taladraba su mente, no llegaba a aferrarse las sienes con las manos y perdía el conocimiento.
El cuerpo de Cole seguía cayendo.
Ambos dieron con el suelo casi al mismo tiempo.


Kalani conducía. Lejos. El mundo se había transformado en algo que sólo le pillaba de paso.
Boastwain iba en el asiento del copiloto, mirando el bosque en silencio.
Las rocas, los árboles, los animales… parecían ocurrir a través de un espejo. El verde fluía a su alrededor sin tocarla.
Pasaban las horas y ella lo intentaba, pero no podía sentir nada.
Sin previo aviso frenó el coche y exhaló un suspiro breve que, sin embargo, le pareció eterno.
Después se derrumbó. Comenzó a llorar, primero poco a poco, a continuación, desconsolada. Boastwain comenzó a aullar.
La soledad no era como la recordaba: no había en ella perspectiva alguna, sólo era un territorio yermo e invariable ante un horizonte infinito y vacío.
Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que volver a un lugar conocido después de una larga ausencia no era lo mismo que no haberlo abandonado. De repente tenía que enfrentarse a un paisaje que había cambiado, a una Kalani que había cambiado.
No sólo había perdido a su amor o había exterminado a sus seres queridos sin que palabras como justicia o voluntad hubiesen amedrentado a la muerte. No sólo estaba perdida entre su mente y su llanto, entre el recuerdo y la culpa, entre el abandono y el mundo.
También había perdido la posibilidad de volver a querer a otra persona.
Y ni siquiera se trataba de una incapacidad emocional sino de un problema geográfico: era un peligro para cualquiera que estuviera cerca de ella.
Y parecía que lo más sencillo era que ella no estuviera allí.
Y por todo eso lloraba.
Así que Boastwain le lamió la mano.